COMPARTIMOS UNA ILUSIÓN DE ALCANCE GLOBAL

Soy hijo único. Hijo único de una madre a quien toda su vida le apasionó el cine, la literatura, las series de televisión. Que cuando era pequeña compraba novelas de ciencia ficción a escondidas de su madre (mi abuela era una inmigrante española que no había aprendido a leer ni escribir hasta muy avanzada edad) porque consideraba que los libros eran una pérdida de tiempo. Que también quitaban tiempo para estudiar a su única hija.

Y era verdad.

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La ficción fue para mí la compañía que no tuve de pequeño. Era el amigo imaginario con el cual vivía emocionantes aventuras. A diferencia de mi madre, yo nací en la era audiovisual. Si los libros habían dejado en ella una impronta imborrable, el impacto de las imágenes en movimiento y el sonido en mí fueron determinantes. Cuando tenía apenas cinco años se estrenó El retorno del Jedi. Mi madre, que por supuesto ya era fanática de La guerra de las galaxias y El imperio contraataca, me llevó al cine a ver la conclusión de la saga Skywalker (bueno, era la conclusión hasta que Disney comprara la compañía de George Lucas treinta años después). Escenas como las naves de Jabba el Hutt surcando el desierto de Tatooine, las últimas palabras del maestro Yoda a Luke y el encuentro final entre este y su padre (no voy a decir que era Darth Vader para no generar un spoiler…) fueron los primeros recuerdos conscientes de mi infancia.

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Cuando me detuve a pensar cuál sería la temática de mi primera novela a publicar, hice una especie de checklist de aquellos tópicos que siempre me atraparon en las historias que consumí. Y fue entonces cuando me di cuenta de que hay una suerte de patrón que se repetía en todas esas tramas: los conflictos familiares. La búsqueda de redención, la sed de venganza, las personalidades ambiguas, la persecución del destino.

Creo que todos coincidimos en que el corazón de la trilogía original de Star Wars es la revelación a Luke Skywalker de un destino inimaginable que lo llevará a convertirse en el último caballero Jedi de la galaxia. No sin antes cumplir con su desafío de devolver a su padre (quien probablemente resulte ser el segundo sujeto más maligno de la historia tras el emperador Palpatine) al lado luminoso, a la redención.

Cómo no encontrar estas similitudes en el insólito destino que se le presenta al indefenso Frodo Bolsón, quien justamente en su camino se cruzará con un personaje que, por el contrario, ha estado escapando de su destino de grandeza: el montaraz Aragorn. No es casual que en El señor de los anillos como en la trilogía de George Lucas encontremos el mito del héroe, del que nos habla Joseph Campbell en su libro El héroe de las mil caras.

Por su parte George R.R. Martin, en ese universo enorme que es Canción de hielo y fuego, retoma varios de estos tópicos. Como la revelación del destino que llevaría al bastardo Jon Snow a convertirse en el comandante de la Guardia de la Noche, el camino de redención del pecaminoso Jamie Lannister o la implacable búsqueda de venganza de la pequeña Arya Stark y su interminable lista de blancos a matar. Es también el viaje personal de Daenerys Targaryen –una joven subyugada por su hermana y el salvaje esposo al que fue vendida casi como esclava– hacia su posición de grandeza como rompedora de cadenas y Madre de Dragones. Y muchos ejemplos más que podemos encontrar en sus cinco tomos publicados o en las ocho temporadas de la serie Juego de tronos.

Quienes disfrutamos de la literatura, cuando encontramos una buena historia de esas que no podemos dejar de pasar páginas, sentimos una adictiva satisfacción que difícilmente se puede comparar con otros placeres de la vida. Pero cuando además descubrimos personajes con los que empatizamos, o por quienes sufrimos, o a quienes amamos odiar, ya no podemos pedir nada más para ser felices.

Es así que todas estas apasionantes perspectivas de la psicología y las emociones humanas, y muchas más, forman parte de Las últimas dinastías, y estoy convencido de que luego serán potenciadas y expandidas en los siguientes libros de la saga. Es una historia que se nutre de sus personajes, porque estos son el corazón de la trama. Los hay buenos, adorables, repudiables, y no necesariamente cada uno pertenece solo a una de estas clases. Es mi mayor anhelo que sientan a estos personajes de aquel mundo lejano, Osiris, tan cercanos como sea posible. Y luego veremos qué les depara el destino a todos ellos.

Mucho más hay para contar de todo lo que consumió mi mente entre la década de los ochenta y el nuevo milenio. Obras imprescindibles como Aliens, Terminator, Depredador, Dune, Matrix, El origen, Avatar, Sector 9, y qué decir de la nueva era de series televsivas, pero será para otra ocasión.

Toda esta historia concluye en que a mis cuarenta años he encontrado el momento para dedicarme a cumplir el sueño de toda una vida: crear y dar a conocer al mundo las historias que se desarrollan en mi imaginación; inspiradas en todas estas maravillosas obras de ficción y tantas otras más.

Ahora invito a todos a conocer mis ficciones. Originadas dentro de aquellos mundos en los que mi madre me concibió.

 

 

 

 

 

 

Sean bienvenidos a otros mundos.

Hernán Cousté, autor de LAS ÚLTIMAS DINASTÍAS

 

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